El Coche No. 13 Xavier de Montepin - Documents relojes baratos falsos en línea

El Coche No. 13 Xavier de Montepin

Dec 27, 2015

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vihurt XAVIER DE MONTEPIN Entre los escritores que en la segunda mitad del siglo XIX se dedicaron a la literatura folletinesca, figuró en primera línea Xavier de Montepin, autor francés que supo hábilmente enfocar los temas de sus obras hacia el gusto de las, clases populares, planteando en sus novelas complicados dramas familiares y gran- des injusticias, con la luch derrstdc. Breitling Uhrenpreisea emotiva entre la honrados y el vicio, la opulencia y la miseria, el crimen y el castigo. Xavier Aymon de Montepin, conde de Montepin, nació en Apremont (Alto Saona), el 18 de marzo de 1824. Estudió en la Escuela de Archiveros-bibliotecarios, de París, y se interesó por lu política y el periodismo. En 1848 fundó el semanario le Canard y colaboró en los periódicos contrarrevolucionarios le Pamphiet y le Lampión. Luego publicó, con A. M. de Calonne, les Trois journées de Fevrier y le Gouvernement provisoire, libelos satí- ricos. Más tarde abandonó estas actividades y se dedicó a escribir folletines, en los que pronto destacó por el melodramatismo de sus temas y las difíciles situaciones en que colocaba a sus per- sonajes, llenas de intriga y emoción. Dotado de una fecundidad asombrosa, supo explotar el extraor- dinario éxito que obtenían sus novelas y escribió una larga serie de ellas, que le produjeron gran fortuna. Su fama traspasó las fronteras y muchas, de sus obras fueron traducidas a diversos idiomas, con lo cual se convirtió en autor predilecto de aquella gran masa mundial de lectores que por esos años devoraban folletín tras folletín, sin exigir a la obra calidades literarias, sino únicamente acción y misterio. También escribió algunos dramas, solo o en colaboración, la mayoría de ellos sacados de asuntos de sus novelas. Como novelista, publicó las siguientes obras: les Chevaliers du lansquenet; les Viveurs d'autrefois; les Amours d'un fou; les 6 , que n0 tenía prisa> y que Ios ba"^ "° nabian corrido nesgo alguno. _ -Bien. Después hablaremos de esto -dijo Juan ]ueves- De ;adme pensar y disponer un plan. Lo importante es contar con algún dinero para obrar, v w con Lo tendremos mañana dijo Cuatro-Hiloí. Juan Jueves frunció el entrecejo. cuentos1'" ~dijo~' en e1 hote1 de la¿ cuatro Mu'eres' Pero "° cuento con eso. iMaldita preocupación! ¿Que una mujer te haya engañado es motivo suficiente para sospechar de las demás? Hablemos poco, Íros0 ^nÍmos necesari0' ¿Te hallas dlspüest0 a ser de los Dues: Vaya si lo estoy, pero desconfío del éxito Tranquilízate: respondo de las mujeres. Sin embargo, para dar con el gato será necesario escudriñar dijo ei ex notario. Se hará lo que sea preciso. -¿Y si despiertan las mujeres? -Tanto peor para ellas -dijo Cuatro-Hilos, dando a su cara una expresión feroz- Se las hace dormir a la fuerza . -iNada de saDgre-'- ¡nada de sangre! -exclamó Raúl- La cárcel puede aceptarse, pero el cadalso..; brrr... -Cierto, pero no estará de más que mañana nos procuremos Sie os;á TbTT- ]uan]ueves se encargara de1 dLame d vidriero y de la bola de pez; ésta es su responsabilidad. Tu, nota- ro, vendrás aquí a buscar manojos de llaves falsas y ganzúas Yo llevare una palanqueta. Linterna no es necesaria; con SoiS sobra para encender las bujías del hotel -¿Donde nos reunimos? -interrogó el ex notario. Hilaba de cllchy' en casa de LOUPiat -contest° Cuatro. -¿En "La Espita de Plata", de la callejuela de las Acacias? preguntó Juan Jueves, nacías' -Sí. EL COCHE NUMERO 13 25 Mucho cuidado. ¿Por qué? La policía vigila mucho esa calle. Y si nos sorprenden... No hay que temer. Nos detendremos escasamente cinco mi- nutos, lo preciso para reconocernos. ¿A qué hora? dijo Juan Jueves. ' i A las once. . ¿Y la visita al hotel? Entre doce y una. Es necesario aprovechar el primer sueño, que es el más profundo. Juan Jueves se levantó. . Hasta mañana dijo. Buenas noches. Cuatro-Hílos estrechó las manos de sus compañeros y les hizo salir, no por la taberna, sino por una puerta del corredor que daba salida a la calle. Buenas noches dijo Pluma de Ganso a Juan Jueves. Me voy a acostar. . ¿Dónde? En las canteras de Montmartre. Allí no pago alquiler. Juan Jueves extrajo de su bolsillo una moneda de plata. Toma dijo al ex notario, ahí tienes un franco. Las cante- ras de Montmartre son una temible ratonera y podías caer en ella. Gracias. Te devolveré el dinero mañana después de la ope- ración. Dormiré en el "Pequeño Castillo", calle de Flandes. El sido no puede ser más excelente. Separáronse los dos miserables, y Juan Jueves se dirigió hacia la calle de las Vinagreras, donde vivía. Durante su camino por el canal de San Martín fue meditando en todo cuanto Raúl Brisson había dicho con respecto al crimen del puente de Neuilly. Paciencia se decía; he esperado veinte años. sin éxito y . la casualidad ha hecho hoy lo que no había podido lograr en mis pesquisas. Aprovecharé la casualidad, pero con reflexión, con pru- dencia. Es necesario que mi secreto me proporcione, no sólo la venganza (¡qué vale eso!), sino fortuna. Este negocio es de mi pertenencia y yo solo debo aprovecharme de él. El ex notario nos ha dicho que entre sus papeles había un duplicado de la carta es- crita por él, hace veinte años, para hacer caer al médico en el lazo que se le preparaba, del cual no había de salir con vida. Ese papel es necesario. Deseo tenerlo y lo tendré, sea cualquiera el medio 26 XAVIER DE MONTEPIN de que haya de valerme para hacerme con él. Una vez en mis manos, empezaré mis trabajos. ]uan Jueves llegó a la puerta de su casa al concluir su monó- logo. Entró en su zaquizamí, se acostó y durmió hasta el día con el sueño tranquilo propio de una conciencia pura. Por la relación de Cuatro-Hilos, conocemos a la señora Dick Thorn y a su hija. Sabemos también su domicilio en la calle de Berlín; podemos, pues, entrar en el hotel. La hermosa mujer de negros cabellos y de ojos negros, madre de la encantadora, rubia de ojos azules, era de origen franco-ita- liano. Tenía el nombre de Dick Thorn, que era el de su marido, rico escocés establecido en Londres,-y el cual, habiendo perdido casi toda su fortuna en atrevidas especulaciones, no tuvo valor suficiente para soportar su ruina, y murió de pesar. Lloró su viuda no mucho, y se ocupó en seguida, y sin descanso, en recoger los restos del naufragio, es decir, de su fortuna. Su único deseo, su única idea era trasladarse a París. Los sucesos explicarán pronto los motivos de su deseo. La niña, cuya belleza no había sido exagerada por Cuatro-Hilos, llamábase Olivia. Dos semanas antes de instalarse en la calle de Berlín, la señora Dick Thorn llegaba a París, donde permaneció únicamente tres días, empleados en la elección de hotel en un barrio' de París. El de la calle de Berlín reunía las condiciones apetecidas; así que, deseosa de tomar posesión de la casa; pagó. seis meses de alquiler adelantados, y regresó a Londres con objeto de recoger a su hija y su equipaje. Razones particulares la aconsejaron no con- servar a su lado ninguno de Jos criados que antes de la muerte de su esposo se hallaban a su servicio en Inglaterra. Al día siguiente de su llegada definitiva, la hermosa viuda aceptó, provisionalmente, los servicios de una doncella y una cocinera. Pro- metíase en breve tiempo, montar su casa lujosamente y tener ca- ballos y coche, cochero y lacayo. Eran las doce. La señora Dick Thorn, después de almorzar, se encerró en una estancia lindísima que le servía de tocador. Sentada delante de un precioso mueble de ébano, con incrustaciones de marfil y de cobre, se ocupaba en ordenar varios papeles que contenía una cartera de EL COCHE NÚMERO 13 27 chagrín negro. Cogió los papeles uno a uno para guardarlos en uno de los cajones del mueble. Eran el acta de su nacimiento, la del de su hija, el acta de defunción de su esposo, su pasaporte, y los demás documentos de necesaria conservación, y varias notas y facturas. Hecho esto, abrió nuevamente la cartera. Uno de los senos con- tenía cartas y un sobre bastante grande, cerrado con tres sellos blasonados con corona ducal. La parte superior del sobre estaba rota. La señora Dick Thorn dejó el sobre en la cartera, pero antes sacó algunas cartas y las leyó. ¡Vamos! exclamó después en alta voz y con sonrisa de triun- fo; tengo más de lo necesario para que el duque Jorge de La Tour * Vandieu, sea, cuando me plazca, el servidor más dócil de su ex ín- tima y cómplice Claudia Varni, y doble, como en otro tiempo, su ' cabeza ante mi voluntad y mi capricho. Si lo. ha olvidado todo, ¡peor para él! Yo, en cambio, me acuerdo de todo. La bella viuda abandonó su asiento y empezó a pasear dando visibles muestras de febril agitación. Eres rico, señor duque prosiguió, inmensamente rico y no menos ingrato. Al servirte antes, servíame a mí misma. Mis aten- ciones estaban inspiradas en una idea egoísta. ¡Jamás te he amado! Fui partícipe de una pequeña parte de la fortuna heredada con sangre de tu hermano, y me pagaste con ella tu abandono. En tanto que mi fortuna ha igualado a la que de tal modo adquiriste, no has oído hablar de mí, y convencido, indudablemente, de que todo ha concluido para siempre, vives en paz. Y la señora Dick Thorn prosiguió con siniestra expresión des- pués de un acceso de risa contenido: ¡Ah, señor duque, cuan equivocado estás! ¡Hoy estoy arrui- nada, y necesito dos fortunas, una. para mí y otra para mi hija! ¡Cuento contigo, señor duque, para obtenerlas, y te desafío a que me las niegues! Soy la misma que conociste hace veinte años. El tiempo ha transcurrido sin amortiguar mi energía, sin debilitar mi entendimiento. Soy la misma de siempre, porque la Claudia Dick Thorn de hoy es casi tan bella como la Claudia Varni de 1837. Y dicho esto, puso en la cartera las cartas que acababa de leer abrió el saco de viaje, que tenía a su lado, y tomó de él dos p¿ quetes de billetes de Banco y los colocó sobre el mueble de ébano. 28 XAVIER DE MONTEPIN ;¡Toda mi formna! ¡Ochenta mil francos! ¡Una miseria que emplearé, en su mayor parte, en amueblar la casa! No hay tiempo que perder. Es necesario ir directamente al objeto, si no quiero verme sin recursos... ¡Por dicha mía, tengo pensado el plan de ataque, y antes de un mes dará sus frutos! La ex Claudia Varni guardó los billetes de Banco en el cajón donde antes había puesto los papeles de familia. Puso la cartera sobre los paquetes, cerró el cajón e introdujo la llave en el llavero, del cual nunca se separaba. En este momento se detuvo un coche en la calle. Sonó el timbre del hotel, y dos minutos después llamaban a la puerta del tocador. ¿Quién es? interrogó la viuda. . Yo... madre... contestó una voz fresca. Entra, niña. ¡Como no abras, es imposible! ¡Está echada la llave! Tienes razón. La señora Dick Thorn levantóse para abrir, y dijo después de abrazar a su hija: ¿Qué ocurre? . Los equipajes, que venían en pequeña velocidad, han llegado del ferrocarril. Bien. Voy en seguida. Y salió acompañada de su hija. Los equipajes en cuestión consistían en media docena de co- fres, muy pesados, y en dos anchas y grandes cajas planas, no muy pesadas, sobre las cuales leíase en grande caracteres Frágil. Las cajas contenían los retratos de tamaño natural de Ricardo D'0donnel Dick Thorn y de Claudia Varni su mujer. Los dos lienzos llevaban la firma de uno de los maestros de la pintura in- glesa, que había estimado su obra en mil libras esterlinas. Claudia conservaba los retratos por varias razones. Los admi- raba como obra de arte: contemplábase en la' flor de su juventud y de su esplendente belleza cuando Se miraba en el suyo, y, por último, gustaba de exponer la imponente figura del que había sido su esposo a los ojos de todos, porque Dick Thorn fue durante su vida un caballero muy respetable, y Claudia entendía que algo de aquel respeto se reflejaba en ella. EL COCHE NÚMERO 1329 VI Los retratos fueron puestos en un saloncito, junto al tocador. Claudia, acompañada de su hija, salió después del hotel y se dirigió a casa de un negociante en caballos, y después a la de un almacenista de carruajes, en la avenida de los Campos Elíseos. Compró un tronco de esbeltas jaquitas, y una linda victoria verde alga con vivos rojos. Tronco y coche, pagados al contado, debían quedar en posesión de Claudia al día siguiente. Madre r. hija dieron un paseo en coche por el Bosque de Bolonia, y volvieron después a su casa en la calle de Berlín. El cansancio propio después de un día tan agitado aconsejó a las viajeras el reposo, así que a las diez de la noche, las dos se entregaban a un sueño reparador. "La Espita de Plata", igual que el "Pequeño Figón" de la barrera de La Chapelle, era una de esas tabernas que sufre una población peligrosa, siempre en guerra con la sociedad. La concurrencia era numerosa. El ex notario se dirigió a las doce a casa de Cuatro-Hilos, con objeto de buscar el manojo de ganzúas de que había de servirse en la expedición proyectada. Pidió a la vez a su colega dos francos, reintegrables con los esperados beneficios, y repleto el bolsillo, se propuso vaciarlo en la taberna bebiendo copas de coñac. Raúl Brisson, llamado Pluma de Ganso, era débil de carácter. No reconocía rival en todo cuanto se refería a falsificar caracteres de letra y firmas, pero carecía del valor necesario para hacer un escalo o ejecutar un robo. Para darse valor entró en la taberna, con- fundiéndose con las gentes de mal vivir que formaban la parroquia del establecimiento, y apuró, en pequeñas dosis, una gran cantidad de aguardiente adulterado. A las diez llegó Cuatro-Hilos y se sentó frente a frente de Brisson, sin decir palabra. El ex notario pronunció algunas frases referentes al asunto que en aquel siüo los reunía, pero Cuatro-Hilos le impuso silencio y empezó a fumar. 30 XAVIER DE MÓNTEPIN La confusión que reinaba en la taberna era grande. El alcohol habíase apoderado de las cabezas de los concurrentes, y unos cantaban, otros jugaban y bebían, y otros disputaban como energúmenos. El ruido era verdaderamente infernal. Sin embargo, en una mesa se veía un hombre cuyo rostro, traza y traje denunciaban claramente que era ajeno a la partida de ban- didos que ocupaba-aquella madriguera. Era un hombre de cuarenta años, de mirada inteligente, rasgos regulares, fisonomía franca y barba negra. Iba vestido con sencillez, pero con esmero y hasta con cierta elegancia. Un abrigo obscuro de entretiempo cubría un traje de color gris. Su pantalón caía gracio- samente sobre unas botas muy bien hechas. Cubría su cabello, en- sortijado, un sombrero de fieltro. El conjunto era simpático y dis- tinguido. Sus manos, blancas y proporcionadas, pero algo encallecidas, re- velaban al obrero. Fumaba un cigarro, y no había descorchado una botella de vino blanco que encima de la mesa había. El individuo en cuestión, enteramente desconocido de los clientes, con los que tanto contrastaba, había levantado sospechas entre ellos, y no le vieron entrar en la taberna con buenos ojos. Tomáronle, en un principio, por un espía, y ya se disponían a increparle, cuando el señor Loupiat, dueño del establecimiento, se dirigió hacia él, le dio un fuerte abrazo, estrechó sus manos con efusión, y dando muestras de alborozo le colocó frente al mostrador. Las sospechas de los concurrentes se alejaron según habían venido. No es un espía dijéronse unos a otros, es un amigo o un pariente del dueño de la casa. Loupiat puso una botella y dos vasos en la mesa que ocupaba el desconocido, indudablemente para beber con él; pero las exigen- cias del despacho le obligaron a servir primero a los clientes que le llamaban desaforadamente. Dos mozos, en mangas de camisa y con mandiles azules, multi- plicábanse a las órdenes del tabernero. Además, la señora Loupiat, detrás del mostrador, colocaba en ordenadas filas los vasos y servía vino en pucheros de piedra; era la encargada de ajusfar la cuenta' y dar los cambios. Una breve ausencia de la señora Loupiat obligaba al marido a reemplazarla, y esta substitución complicaba en gran manera el servicio. EL COCHE NÚMERO 13 31 Entró la señora Loupiat. Desembarazado su marido del cuidado de la contabilidad, se unió nuevamente con el desconocido, y, sen- tándose enfrente de él, dijo apretando fuertemente su mano: La ciudadana se halla en el mostrador. Podemos, pues, char- lar a nuestro antojo y beber una botella de lo añejo, mucho más cuando ha pasado tanto tiempo sin que nos veamos. ¡Y cuidado si hace tiempo! [Años! ¡Pero no deseo contarlos, porque eso me ha- ría recordar los que yo tengo! ¡Bah! mi buen Loupiat, gracias a Dios nos conservamos fuer- tes todavía, y se lo juro, me alegra volver a verle tan animado. Te creo, muchacho. Y puedes estar seguro de que a mí me sucede lo mismo. El tabernero llenó los dos vasos. ¡A tu salud! exclamó apurando el suyo. ¡A la suya, y de corazón! Mi pequeño Renato continuó Loupiat. ¿Oyes? Te llamo pequeño, es una rancia costumbre, y te tuteo. ¿Te ofende? ¿Ofenderme? ¿Y por qué? Hoy no eres un niño. Eres un hombre... y todo un hombre. A propósito, ¿qué edad tienes? Cuarenta años. , ¡Cuarenta ya! exclamó el dueño de "La Espita de Plata" estupefacto. ¿No te equivocas? No dijo sonriendo el desconocido. [Diantre! Aún me parece verte, cuando, hace veinticinco años, fuiste admitido en casa de Pablo Leroyer, el mecánico cuyos talle- res se hallaban al lado de mi establecimiento en el canal de San Martín. Sí: tenía quince años. [Y no representabas arriba de trece! Como que apenas te apuntaba el bozo. Apareció después, y no tardará ya mucho en blanquear con- testó el llamado Renato. ¡Y qué remedio! Los años transforman a los hombres. Pero cuéntame qué ha sido de tí desde entonces. Ya sabe usted que Pablo Leroyer era no sólo mi maestro, mi buen maestro, sino también mi protector. Cuando perdí a mis pa- dres, veló por mí como si hubiera sido su hijo. Me enseñó el dibujo, el ajuste y me dio lecciones de mecánica, de precisión. 32 XAVIER DE MONTEPIN Sí... sí dijo Loupiat, lo sé. Mucho te quería. Me acuerdo de haberle oído decir que estaba orgulloso de U, y tranquilo por tu porvenir, porque eras modelo de obreros, tenías gran corazón, in- teligencia y valor... porque reunías, en fin, todas las cualidades in- dispensables para brillar en sociedad. ¡Pobre y querido hombre! murmuró Renato enjugándose una lágrima. ¡Ah! tan bueno como era... y le mataron. ¿Murió inocente según tú? interrogó Loupiat. ¡Murió mártir! Renato prosiguió después de una breve pausa: La ruina del maestro había precedido a su muerte. Cuando la guillotina hizo caer su cabeza, fue vendido todo lo que tenía por orden de la justicia. Tuve precisión de buscar otro taller... Seis meses estuve sin trabajar... La industria pasaba entonces por una crisis: faltaba trabajo, y en lugar de recibir obreros se despedía a los antiguos. Yo no había hecho economías, y ya comenzaba a sentir los horrores de la miseria, cuando supe, por casualidad, que en Ingla- terra solicitaban mecánicos franceses. VII ¿Y partiste? preguntó Loupiat. ¡Ya lo creo! Entre morir de hambre en París o ganar para vivir en Inglaterra, no había duda. ¿Y encontraste trabajo pronto? Al día siguiente de mi llegada. ¿Y has permanecido hasta ahora entre los ingleses? Hasta ahora, padre Loupiat. Dos años en el torno, luego cinco en el ajuste, y después como contramaestre. Únicamente, la muerte de mi maestro Jack Polder pudó hacer que me resolviera a aban- donar su fábrica. Por -lo demás, y desde que él faltó, iba de mal en peor, gracias a su yerno, hombre muy antipático, con sus puntas y ribetes de listo, pero que no entendía una palabra de negocios. ¿Estabas en Londres? No, en Portsmouth. ¿Y no pudiste hallar otra colocación?... Sí, tres o cuatro casas de Piymouth y de Londres me hicieron proposiciones. Pero yo quería volver aquí. EL COCHE NÚMERO 13 33 París te llama, ¿eh? dijo Loupiat riendo. Tanto qué París ofrece siempre atractivos; pero tenía otro motivo más serio que me impulsaba a volver a Francia. El tabernero llenó los vasos. A tu salud, muchacho exclamó. Comprendo. Alguna pa- sión amorosa. ¿Me equivoco? Completamente. ¡Bah! Querrás hacerme creer que no has inspirado más de un sentimiento... No. El amor verdadero me ha dado miedo. No hay nada comparable a la libertad que goza el soltero. Y luego, ¿quién sabe la mujer que le está reservada? Puede usted creerme: nunca he pensado en renunciar al celibato. He podido casarme, porque, no me faltaban recursos. . ¿Has ahorrado? En los diecinueve años que he trabajado, he podido reunir cuarenta mil francos que no deben nada a nadie. ¡Diantre! Es casi una fortuna. Podrías casarte con una joven que llevase en dote otro tanto, y te harías rico. Comprendo que un matrimonio así me proporcionaría me- dios para establecerme por mi cuenta, pero por ahora pienso otra cosa. ¿En qué? Es una tontería que no comprenderá usted tal vez. Es una monomanía, una idea fija. Di. Encontrar a la viuda de Pablo Leroyer y a su hijos... Lo comprendo; porque, aunque vivo entre lo peor de París, no soy un infame. Pablo Leroyer fue en otro tiempo tu protector; deseas mostrarte agradecido con la viuda y con los hijos; es natural y apruebo tu pensamiento. Me parece que no ha de ser difícil que lo realices. Todo lo contrario; muy difícil. ¿Cómo? A mi salida de París vi a la señora Leroyer; prometí que le escribiría; cumplí mi palabra... ¿Y te contestó? Jamás. Al cabo de dos años, y como no diera señales de vida, dejé de escribir y hace diecisiete años que no sé de ella. Al llegar 34 XAVIER DE MONTEPIN a París, hace pocos días, fui a la casa que ocupaba su familia en la calle de San Antonio, después del proceso de mi maestro. La se-' ñora Leroyer hacía ya bastantes años que no vivía allí, pero el por- tero recordó su nombre y me indicó las señas que había dejado al mudar de domicilio. Corrí en busca suya, impaciente por abrazar a la pobre mujer y a los niños con quienes tanto había jugado, y sufrí una nueva decepción. La viuda había dejado aquella casa, y esta vez sin decir dónde se trasladaba. He perdido la pista... lAh! [diablo! ¿Y crees hallarla? Aún no he perdido la esperanza. Tres hombres recorren Pa- rís en todas direcciones y yo no descanso en mi tarea. Uno de ellos vendrá esta noche aquí. Es un buen hombre, le he citado aquí. ¿Y cómo has sabido mi nuevo domicilio? Pregunté en su antiguo establecimiento del canal de San Mar- tín. Donde no hice negocio dijo Loupiat. Aquí no me va mal y no puedo quejarme, y eso que la clientela es sospechosa. El mejor de mis parroquianos no me inspira confianza. ¿No ha oído usted hablar nunca de las personas a quienes busco? No. Después de la ejecución de Pablo Leroyer, cerraron los talleres. Desde aquel tiempo no he vuelto a ver a la viuda ni a los pequeños. Quince años hace que vivo aquí y que no he puesto los pies en mi antiguo barrio... ¿Por qué no te diriges a la prefectura de policía? He estado ya. ¿Y has sabido algo? Nada. Quizás, me han dicho, haya muerto la señora Leroyer, o tal vez haya abandonado París. Y tal vez no necesite de ri; sería lo mejor. Sí, pero yo necesito de ella repuso el obrero. ¿Tú? Sí. ¿Por qué? Para pagar mi deuda. Para ayudarle en su obra de rehabilitar la memoria de Pablo Leroyer, que pagó con su vida el crimen co- metido por otro. ¿De modo que estás completamente convencido de la inocen- cia de tu maestro? EL COCHE NÚMERO 13 35 ¿Acaso le ha creído usted culpable? Yo... ¡qué quieres! había sus más y sus menos. Verdad que en un principio dudé de que fuera el autor del crimen, porque le había conocido siempre honrado, trabajador, ordenado, buen ma- rido y buen padre, y aunque comprometió toda su fortuna en sus inventos, y no podía persuadirme de que la miseria le hiciera ase- sino... y asesino de uno de sus parientes más cercanos; pero al fin tuve que rendirme ante la evidencia, como los jueces y como todo el mundo. ¡Oh! exclamó Renato. I La evidencia es a veces enga- ñosa... y lo fue entonces! ¿Eso crees? Eso afirmo. ¡El médico de aldea asesinado en el puente de Neuilly no lo fue por su sobrino! ¿Por quién entonces? Sería necesario conocer los verdaderos culpables. Los conoceré. ¡Empresa ardua! Que realizaré, devolviendo la honra al nombre de Pablo Le- royer, mi seguno padre. Me alegraré que lo consigas. Y lo conseguiré, por el nombre que llevo. Mientras tanto, si te parece, vaciaremos otra botella. A condición de pagarla. Hoy no. Deseo celebrar tu .vuelta a París. Loupiat se levantó para traer otra. botella de vino. Al aproximar- se de nuevo a la mesa con. el frasco del codiciado líquido, vio entrar en la tienda un individuo vestido con el traje de factor o mozo de estación. El desconocido paseó la mirada por el estable- cimiento, como si buscara a alguno de los concurrentes. Advirtió Renato su llegada y le llamó: Es mi hombre'dijo al tabernero. ¿Qué hay de nuevo? le interrogó así que se hubo acercado a la mesa. Nada.. ¿A pesar de las esperanzas que tenías esta mañana? Sí. He ido al lugar donde creí recoger noticias favorables, y nada. Sólo he averiguado que hace tiempo vivieron en la casa una viuda y dos hijos suyos, los tres de la edad que usted manifestó, pero el apellido no era Leroyer. 36 XAVIER DE MONTEPIN ¿Cuál era entonces? Monestíer. Es posible que la viuda haya ocultado el nombre del reo dijo Loupiat. Efectivamente: es posible contestó Renato. ¿Se ha infor- mado usted del domicilio de la señora Monestíer? No. ¿Ha preguntado los nombres de los jóvenes que vivieron en i compañía de su madre? El agente de Renato extrajo una cartera de su bolsillo, la abrió, y dijo: Se llaman Abel y Berta. ¡Abel y Berta! repitió Renato con indecible expresión de alborozo. ¡Son ellos! Tenía usted razón, padre Loupiat. La infe- liz mujer ha cambiado de nombre en obsequio a sus hijos. Y añadió dirigiéndose al agente: ¿No le han dado las señas de su nuevo domicilio? - No; pero me han ofrecido datos que podrán ponernos en camino. Bien. Mañana iremos juntos, y con la ayuda de Dios los ha- llaremos. Pero si la desgracia nos. persigue, y esta vez, como tantas otras, no conseguimos nuestro objeto, recurriré a otro medio, a mi juicio, infalible. ¿Cuál? interrogó Loupiat. Visitaré el cementerio Montparnasse. ¡El cementerio Montparnasse! repitió asombrado Loupiat. Sí. Tengo la seguridad de hallar en él a la viuda junto a la tumba de su marido. Vamos, camaráda, un vaso de. vino. Soy feliz en este momento. ¡Abel y Berta viven, y una voz secreta toe dice que he de encontrarlos! VIII Cuatro-Hitos y el ex notario seguían, entretanto, bebiendo, sin hablar palabra. No estaban tranquilos; sus miradas no se apartaban de la puerta de entrada. Eran más de las nueve y Juan Jueves no aparecía. EL COCHE NÚMERO 13 37 ¿Qué podrá hacer a estas horas ese zorro viejo? dijo Raúl Brisson. La cita era para las once murmuró Cuatro-Hilos. ¿Tienes confianza en ese hombre? ¿Por qué me lo preguntas? Porque podría ocurrir que, mientras nosotros aquí deplora- mos su ausencia, estuviera él en la calle de Berlín, y a favor de tus noticias se alzase con el gato. ¡Alzarse con el gato él! No hay miedo, conozco bien a Juan Jueves desde hace mucho tiempo. ¡Es un buen hombre! Franco como pocos y amigo de sus amigos como ninguno. Haces mal en sospechar, notario, y no correspondes a su amistad. El confía mucho en u. Ayer, sin ir más lejos, abogó por ti, e hizo que aceptase tu concurso en el negocio. Lo sabía dijo Raúl; es buen chico, no lo niego, pero algo veleidoso. Sea lo que fuere, cumple siempre su palabra. En este instante, la puerta que daba a la calle de las Acacias se abrió con violencia. Cuatro-Hilos y Raúl creyeron que el que llegaba era Juan Jueves. Les esperaba una desagradable sorpresa. Apareció en la tasca un comisario de policía con las insignias de autoridad, seguido de seis; agentes vestidos de paisano. El ex notario y Cuatro-Hilos levantáronse. Casi todos los con- currentes hicieron lo mismo, unos medrosamente, otros con asom- bro. El padre Loupiat se separó de la mesa en que estaba Renato Moulin y se puso a las órdenes del- comisario. Pluma de Ganso murmuró al oído de Cuatro-Hilos: Es una visita de la policía. Buscan a alguien. Conviene es- capar. Se deslizaron como serpientes entre los grupos de bebedores, y procuraron aproximarse a la puerta de salida conocida sólo de los parroquianos. Algunos sujetos, de aspecto nada simpático, les imi- taron. Nueva decepción. En el instante mismo en que se disponían a salir, abrióse la puerta y aparecieron nuevos agentes de policía. ¡Estamos cogidos! exclamaron todos. El comisario había llegado al centro de la sala, seguido de sus subordinados. 38 XAVIER DE MONTEPIN La prefectura sabe que .sois un hombre honrado y que no protegéis a los ladrones, señor Loupiat dijo al tabernero, a quien conocía hacía tiempo, pero .esta casa tiene mala reputación, y no sin fundamento... Sabemos que penados fugados de la cár- cel se encuentran hoy aquí... ¡En nombre de la ley, que nadie salga! Los bebedores acogieron la intimación con un murmullo. i Silencio en las filas!.exclamó el propietario de "La Espita de Plata". Hay entre vosotros hombres honrados, ¿no es esto?... Pues .los que se hallen en ese número que se acerquen y con- testen al comisario. ¡Truenos y rayos! murmuró el ex notario, ¡no hay es- cape! ¡Que el diablo cargue con Juan Jueves que me ha metido eh esta ratonera. Gran número de bebedores se aproximaron al comisario. Ninguno podía acreditar la identidad, pero eran conocidos del padre Loupiat como vecinos del barrio y se les. dejó en libertad. Únicamente quedaban en la tasca Renato Moulin y unos doce vagabundos. Cuatro-Hilos se adelantó con ademan resuelto. Señor comisario dijo, dejadme salir. Soy un ciudadano honrado. ¿Vuestro nombre? Santiago Hebert. ¿Vuestros documentos? No los tengo aquí. No pensaba tener que hacer uso de ellos... pero estoy domiciliado. ¿Dónde? En la calle de la Carbonera. En el "Pequeño Figón", ¿verdad? Vuestro nombre es Claudio Landry, y se os conoce por Cuatro-Hilos. Señor comisario... replicó el ladrón. Os buscaba, precisamente. Quedáis detenido. Protesto. Es un atropello. No he hecho nada. Bien; entonces explicaréis al juez la procedencia legítima de los. relojes encontrados en el fondo de Una maleta que se ha ha- llado en vuestra casa. Haceos cargo de ese mozo añadió el co- misario, dirigiéndose a los agentes, si opone resistencia,-atadle; es bastante peligroso. EL COCHE NÚMERO 13 39 Cuatro-Hilos rechinó los dientes y cerró los puños. ¡Al primero que se acerque, le mato! exclamó con voz ahogada por la irá y sacando un cuchillo catalán que llevaba. Los agentes que le rodeaban vacilaron un instante y retroce- dieron ante el miserable que se disponía a herir. El comisario animó con el ejemplo a los agentes. ¿Tenéis miedo de ese muñeco? gritó, haciendo un gesto desdeñoso. ¡Soldado de la ley, desafío el peligro como buen soldado! ¡Mirad!...' y se dirigió hacia Cuatro-Hilos. ¡No os aproximéis gritó éste, porque os rebano las tri- pas! El comisario seguía andando, con la tranquilidad de que había dado pruebas al entrar en la taberna. Cuatro-Hitos dio un salto y levantó el brazo para herir. El comisario corría verdadero peligro de muerte; pero un hom- bre dio un salto enorme por encima de las mesas, se arrojó sobre el bandido, le sujetó con la mano izquierda y con la derecha le arrebató el cuchillo catalán. El miserable echaba espuma por la boca. Intentó, aunque en vano, resistir. En un abrir y-cerrar de ojos fue derribado en tierra y sujeto por la rodilla de Renato Moulin, que ya le había desarmado. Los agentes pusiéronle esposas y le obligaron a que se le- vantara.. Durante la lucha se desprendieron de los bolsillos de Cuatro- Hilos una palanqueta y un escoplo. ¡Hola! exclamó el comisario, veo que no os faltaban ins- trumentos de trabajo. Preparabais para esta noche un golpe, ¿ver- dad? Cuatro-Hilos bajó la cabeza, sin responder. Señor comisario exclamó uno de los agentes que había hecho presa del ex notario, el cual no opuso resistencia, ved uno de la cuadrilla. Mirad. Y el agente mostraba los manojos de llaves falsas que acababa de quitar a Raúl. El ex notario y el resto'de los vagabundos que no habían po- dido identificar sus personas, fueron atados. Gracias por vuestra intervención, caballero dijo el comisa- rio a Renato Moulin; gracias a ella he salido sin riesgo de la aventura. ¿Cómo os llamáis? 40 XAVIER DE MONTEPIN El obrero dijo su. nombre. ^Señor comisario dijo Loupiat, es un valiente, uno de mis amigos que llega de Inglaterra, y que hoy me ha hecho su primera visita. Vuestra mano prosiguió el comisario, ofreciendo la suya a Renato. Jamás olvidaré que os debo la vida; os ruego que tampoco lo olvidéis. Estoy agradecidísimo, y tendré un verdadero placer en pagar la deuda que he contraído. Disponed de mí como gustéis, siempre que necesitéis de mí. Gracias a mi vez por vuestros ofrecimientos dijo Renato Mouim Los creo sinceros y los aprovecharé si las circunstan- cias me obligan a ello.. ' A una orden del comisario, salieron los agentes de la taberna escoltando a los rateros que habían detenido. Los vecinos del ba- rrio esperaban en la calle la salida de los malhechores. Con la salida de éstos coincidió la llegada .de un individuo de mal aspecto y de una extenuación inverosímil, que con paso ace- lerado caminaba en dirección a la taberna de "La Espita de Plata". Se detuvo ante los curiosos que obstruían la calle, y miró la comitiva con aire de sorpresa. Era Juan Jueves que acudía un poco tarde a la cita de Cuatro- Hitos. ¿Qué ocurre? preguntó a una mujer que peroraba en un grupo. La interpelada, encogiéndose de hombros, respondió: ¿Qué ha de ocurrir? ¡Lo de siempre! una visita de la poli- cía. Desde que el padre Loupiat se ha establecido aquí, está po- blado el barrio de gente de mal Vivir; haraganes, ladrones y algo peor... IX ¡Cómo interrogó Juan Jueves con un aplomo asombroso se consiente esta gatería en los sitios públicos? Esto subleva, pa- labra de honor. ¡Exponer así a un hombre honrado, a un buen trabajador, a un obrero confiado a que beba o juegue con los pillos, comprometiendo su nombre y exponiéndose quizá a un disgusto! EL COCHE NÚMERO 13 '41 Cierto contestó un joven que se había incorporado al gru- po. Yo estaba en "La Espita de Plata" cuando llegó el comisario con sus agentes. Si no llega a reconocerme Loupiat, como vecino, quién sabe si ahora no formaría parte de los detenidos. Dicen añadió otro que no se trata de ladrones en esta ocasión. ¿Pues de qué se trata? interrogó Juan Jueves. De un complot político. Aseguran los bien informados que han llegado a París gentes de Londres con una máquina infernal como en tiempo de Luis Felipe, con el solo objeto de hacer caer al Gobierno. ¡Hacer caer al Gobierno! repitió un obrero sonriendo. Estás fresco, compadre. La tienda del honrado Loupiat es una ratonera, una cueva de ladrones que limpia de cuando en cuando la policía y nada más. Mira si no esos picaros que conducen los agentes. ¿Tienen facha de conspiradores? Y el obrero contemplaba a los detenidos que, con las esposas puestas, salían, entre los agentes, de la taberna. Juan Jueves tembló. Había reconocido a Cuatro-Hitos, sujeto po:- fuertes ligaduras, y vigilado por dos agentes. ¡Truenos! se dijo, el imbécil se ha dejado coger. ¡Qué se vaya al diablo.! Inmediatamente después de Cuatro-Hilos seguía el ex notario con la "cabeza baja. Pluma de Ganso tambiéncontinuó Juan Jueves al ver al ex notario. ¡Golpe en vago! Al pasar sus compañeros se ocultó con-loable prudencia entre la muchedumbre. Temía que un signo de reconocimiento lla- mara la atención del comisario de policía. Los agentes y los de- tenidos prosiguieron su marcha entre las burlas y los gritos de los curiosos. Juan Jueves fue el único que quedó en la calle a poco. ¡Qué contratiempo! ¡Un negocio que tan fácil se presenta. ba! Pero la culpa no es mía, ya se lo advertí a uno y otro. ¡A quién se le ocurre.una cita en "La Espita de Plata"! ¿Y qué hacer ahora? Todo mi capital redúcese a cinco francos. ¿De dónde saco yo el dinero que necesito? Juan Jueves reflexionó algunos momentos e irguió después la cabeza. El abatimiento de que se había sentido poseído desapa- 42 XAVIER DE MONTEPIN recio como por encanto. Brillaron sus ojos como luciérnagas, una sonrisa maliciosa dibujóse en sus labios. ¿Seré idiota? dijo. Ya se qué hacer. Tengo todas las noticias, todos los datos. Daré yo solo el golpe esta noche, y si salgo bi-en, que es posible, iré a la calle de la Reynie, número 17, a desempeñar los cofres de Pluma de Ganso, y buscaré los papeles de que ha hablado el ex notario, y que en poder de un hombre listo pueden ser un tesoro. Cuatro-Unos y Huma. de Ganso no saldrán de su encierro en algún tiempo y yo desollare el sato. Se- ría torpeza- grande tomar el asunto en serio. Tengo un diamante de vidriero, mi bola de pez y un buen cuchillo... Lo demás lo hará la suerte. No es hora aún de ir a la calle de Berlín. Entraré en casa de Loupiat. La policía no suele repetir las visitas, si ha hecho presa en la primera. Nada se opone a que saboree un pas- tel y eche una copa. con toda tranquilidad... Juan Jueves entró resueltamente en "La Espita de Plata". La taberna se hallaba casi desierta. Sólo habían quedado en ella Renato Moulin, el dueño y su mujer. El agente de Renato ha- cía poco que había salido. Buenos díasdijo Juan Jueves, saludando muy.cortésmen- tg. Medio azumbre del bueno. La señora Loupiat midió el vino pedido y un mozo colocó el jarro en la mesa inmediata a la en que departían amigablemente Loupiat y el obrero. ¿Nada más? preguntó el mozo a Juan Jueves. Sí; un poco de queso y pan. Muy bien. ¿De bola o de gruyere? Como quieras. Soy sobrio por temperamento y no bebo sin comer algo. El mozo sirvió el pan y el queso. Juan Jueves interpeló a Loupiat. Hace un instante que estaba la calle llena de gente. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Alguna disputa?... No contestó el tabernero..Detenciones. ¡Calle 1 ¿Ladrones tal vez? Sí: una cuadrilla de tunos, cuyo jefe, llamado, a lo que pa- rece, Cuatro-Hilos, ha querido hacer armas contra un comisario. ¿Es posible? Como os lo digo. EL COCHE NÚMERO 13 43 I Vaya un picaro! exclamó Juan Jueves. [Será conducido a Brest o a Tolón, como si lo viera, y le estará bien empleado! ¡Una autoridad en el ejercicio de sus funciones es sagrada! Yo venero a los comisarios y respeto a los agentes. Hace mucha falta limpiar París de vagabundos. No hay seguridad, y a cada paso asalta el temor de ser robado. Es horrible. Y Juan Jueves comía al decir estas palabras, demostrando ex- celente apetito. Llenó el vaso y dijo: ¡A su salud, señores! . A la suya contestó Loupiat favorablemente dispuesto hacia el cliente parlanchín. Bueno es el vino exclamó Juan Jueves después de beber. ¡Vaya! replicó Loupiat. Joven... pero de cuerpo. Yo creo que le conozco. Y añadió: ¿Vive usted en el barrio? No; pero lo frecuento, y antes de ahora he tenido ocasión de entrar en el establecimiento, cuyo buen servicio me satisfizo en absoluto. Soy dependiente de un quinquillero de la calle de San Antonio, y hago mis excursiones mercantiles a Clichy y las Batí- gnolles. Hubo un momento de silencio. Juan Jueves comenzó a toser. ¡Vaya! por poco me ahogo exclamó, y el jarro sin vino. ¡Pronto, una botella! ¡Cuidado con ahogarse! exclamó Renato, cogiendo la bo- tella que tenía delante y llenando el vaso de Juan Jueves. Beba usted en tanto que le sirven. ¡Gracias, caballero! Le devolveré la fineza cuando me traigan la botella. ¡Ah! será inútil contestó el obrero, riendo. Creo que no se negará a aceptar un vaso de vino blanco... ¡ Sea! Pero sólo uno... tengo prisa. Vivo lejos de aquí. ¿Dónde te has instalado? preguntó Loupiat. En la fonda del "Plato de Estaño", calle de San Martín. Efectivamente, está lejos, y no te detendremos. Yo mismo tra'eré á este caballero la botella. Y el tabernero abandonó su asiento. 44 XAVIER DE MONTEPIN ¿No vivía usted en París? pregunto Juan Jueves a Renato. -No; he estado ausente diecinueve años. ¿Lejos? ' En Inglaterra. ¿En Londres? No: en Portsmouth. ¿Pero no ha estado usted en Londres? Cinco o seis veces. ¿Con sus amigos? No los tenía. Mis compañeros de taller solamente. No sé si le he-dicho que soy mecánico. Buena profesión. Si el obrero es hábil puede obtener gran- des rendimientos. Yo he deseado siempre ir a Inglaterra; pero siempre he carecido de medios para verificar el viaje. Conozco a uno que ha vivido en Londres y que ha trabajado para un hombre muy rico llamado Dick Thorn. Dick Thorn repitió Renato. ¿Ha oído usted hablar de él? Ese nombre no me es desconocido. Nada tendría de raro/puesto que se trata de un millonario. No recuerdo dónde le he oído pronunciar. ¡Ah! sí, en la fonda donde estuve la víspera de mi salida para Francia. Razo- nes particulares me impulsaron a preguntar quiénes habían ocu- pado el cuarto donde me había instalado, y precisamente las per- sonas que me habían precedido, eran la señora y la señorita Dick Thorn. Esto explica mi sorpresa al oir ese nombre. ]uan Jueves escuchaba a su interlocutor con verdadera cu- riosidad, por más que nada de lo que acababa de escuchar des- mintiera ni confirmara las noticias dadas por Cuatro Hilos. Una frase de Renato Moulin le daba, sin embargo, en qué pen- sar. "Razones particulares me impulsaron a preguntar quiénes ha- bían ocupado el cuarto donde me había instalado." ¿Qué significa esto? preguntábase Juan Jueves. ¿Será este hombre un espía? No lo parece, pero por si acaso, ya hemos ha- blado bastante. EL COCHE NÚMERO 13 45 Loupiat se había sentado nuevamente; y había sido apurada la botella. ¿Cuánto debo? preguntó Juan Jueves.. . Está pagado dijo Renato. No exclamó Juan Jueves. He. sido yo el que ha invitado y quiero pagar. No soy rico, es verdad, pero sé vivir y ahorrar. Espero dentro de poco tener repleto el bolsillo y abandonar mi industria. ¿Va usted a heredar? interrogó sonriendo Loupiat. Duda usted... pues nada más cierto. Mi fortuna depende de bien poco. Tropezar con una mujer, b volverla a hallar; con eso, basta para hacerme rico. Renato Moulin prestó atención. ¿Una mujer? repitió. ' Sí, camarada: una mujer a la que no he visto desde hace veinte años... ¡Hace veinte años! exclamó Renato cada vez más sor- prendido. . Ni más ni menos. ¿Pero qué le sorprende en esto? La extraña semejanza entre su posición y la mía. ¿También busca usted a una persona? Sí. ' ¿A una mujer? A una mujer que hace muchos años he perdido de vista. ¡Ya! ¡Es raro! pero difícilmente será la misma. ¿Cómo se llama la persona que desea usted encontrar? -i- interrogó el mecánico. No puedo decírselo. ¿Por qué? Porque ignoro Su nombre. ¡Bromista es usted! Nada de eso. Parece broma y no lo es. Necesito, para hallar a la prójima en cuestión, tropezar con ella. Es una historia... una historia de familia, y ya sabe usted que en las historias de familia hay secretos que la prudencia aconseja guardar. Dispénseme, pues, si no soy más explícito. Está usted en su derecho contestó Renato, convencido de que sus pesquisas y las de su compañero no concurrían a un mismo fin. . 46 XAVIER DB MONTEPIN Y, sin embargo, engañábase, porque un terrible lazo unía a Claudia Varni y a la viuda del ajusticiado. Hasta la primera dijo ]uan Jueves, abandonando su asien- to. Parece usted un buen muchacho, y celebraré encontrarle otra vez aquí para beber juntos. Cuente usted con un buen almuerzo si logro realizar mi herencia. Serían entonces las doce. Juan Jueves pagó el gasto que había hecho, salió de la taberna, se encaminó a la calle Clichy, entró des- pués en la de Amsterdam y llegó a poco a la de Berlín. Esta difería mucho de la actual en la época en que acontecían los hechos de esta narración, pues sólo existían ocho o diez casas, no poco distantes unas de otras, y separadas por terrenos incultos, rodeados de empalizadas. Los vagabundos de las barreras' y los indocumentados acam- paban durante la noche en ellos, y abundaba la acción de la po- licía que era ineficaz en aquellos sitios. El hotel arrendado por la señora Dick Thorn estaba situado entres .dos cercados inaccesibles por las enormes piedras acumula- das en ellos y desfinadas a la construcción de nuevas casas. Por la espalda había otra cerca, separada, del patio por una pared de nueve pies de elevación. Juan Jueves tenía muy presente el número revelado por Cuatro- Hilos. Detúvose al llegar frente al edificio, cuya fachada examinó con detenimiento. Todas las ventanas se hallaban cerradas y las persianas no de- jaban paso al más pequeño rayo de luz. ¡Humi murmuró el bandido; podría jurarse que las ha- bitaciones interiores están obscuras como la boca de lobo; pero, sin embargo, conviene no fiar mucho en las apariencias. En las grandes casas hay dobles maderas y cortinas de bastante cuerpo para que no dejen pasar la luz. Hay que proceder con mucha prudencia. Me orientaré; para ello tendré que saltar la empalizada, y esto es algo expuesto. Si pudiera separar algún tablero, la cosa era más fácil. Juan Jueves encendió su pipa, y afectando un aire distraído, echó a andar tranquilamente recorriendo la valla y tocando a su paso los tablones, en la esperanza de que uno cualquiera, mal sujeto, ce- diera al peso de su brazo. Todos sus esfuerzos fueron inútiles a de- recha e izquierda del edificio. EL COCHE NÚMERO 13 47 Juan Jueves dobló la esquina de una calle abierta cerca de los terrenos, a la espalda de! hotel. La obscuridad era absoluta. No había ni Casas, ni faroles, ni caminos. . ¡Diantre! exclamó Juan Jueves. No hay miedo de que la policía me sorprenda en este sirio, y si no encuentro paso por la empalizada, bien puedo escalarla sin temor. Y continuó su investigación. De repente -se detuvo. Acababa la empalizada y empezaba un muro. ¡Trabajo perdido! No hay hueco alguno. Es necesario saltar; vamos allá. Apagó su pipa, la guardó en su bolsillo, hizo una dominación de brazos que hubiera envidiado un buen gimnasta y salvó la altura de la empalizada, dejándose caer del otro lado sobre el suelo cubierto de hierbas.' Una vez allí se orientó con facilidad. Encontrábase enfrente de la fachada posterior del edificio habitado por la señora Dicli; Thorn. A su derecha se veían trozos enormes, cubos gigantescos de piedra sin labrar, de una blancura caliza, y a su izquierda un za- guán. Si al menos no hubiera nadie dentro mumuró Juan Jueves. Con verlo basta. Se adelantó por entre las piedras, amparándose de la sombra que proyectaban, con objeto de evitar ser visto,, si hacía la casua- lidad que el zaguán estuviera habitado o defendido. En menos de dos minutos llegó al término de su exploración sin el menor tropiezo. Convencido de que nadie había, se dirigió hacia el muro que cerraba el patio del hotel. Por este lado no tenían las ventanas ni maderas ni persianas. En ninguna había luz. Al pie del muro había amontonados útiles e instrumentos de construcción; tablones, garfios, escaleras, cuerdas, chimeneas, palas, picos, etc., etc. La empresa no me parece difícil exclamó el ladrón; pero el muro es algo elevado y la excursión difícil. Desconfío del éxito, aparte de que aunque pudiera pasar al otro lado, no me sería fácil volver a salir, y me cogerían como a ratón en ratonera. Afortunada- mente puedo servirme de estos útiles. Ni de encargo podría ha- llarlos mejores. 48 XAVIER DE MONTEPIN Juan Jueves rebuscó entre las escaleras la más larga y tríenos pe- sada y la apoyó cuidadosamente sobre el muro. Antes de poner el pie sobre el primer peldaño tocó, sus bolsillos para asegurarse de que no había perdido ni su diamante de vidriero, ni, su bola de pez, ni el cuchillo de templada y cortante hoja, del cual no pensaba hacer uso sino en caso de absoluta necesidad; es decir, si una de las mujeres despertaba y pedía socorro. Seguro de que nada le faltaba, añadió para sí, rascándose la cabeza: . . j Todo esto es bueno, pero no es suficiente! Me hace falta una herramienta para abrir los muebles y ni siquiera tengo una gan- zúa. ¡De esto se había encargado Cuaíro-Hilos! Y el caso es que no puedo descerrajar un armario o un cajón con los dedos. Si pudiera hallar algo de qué poder valermc... Y buscó entre las materiales de construcción, amontonados cerca del muro, el instrumento que reemplazara al que echaba de menos. El cielo, poco antes sereno, se había cubierto de nubes. La obscuridad era grande. Juan Jueves tuvo que desistir de su idea, porque las tinieblas hacían imposible el examen de los objetos que buscaba. El bandido tuvo una inspiración. XI Se dirigió a uno de los chirriones que estaban provistos de linter- na. Sacó una del cubo que la' sostenía, la abrió, se enteró de que tenía la calderilla para aceite y mecha; encendió un fósforo y lo acercó a la torcida. Merced al resplandor que permitían unos cris- tales rayados y mohosos, pudo ver lo que deseaba. Conmovióse repentinamente al descubrir una pequeña fragua portátil de las que usan con frecuencia en los talleres de construc- ción, provista de tenazas, palancas, tijeras, limas de todas clases, martillos y garabatos. Cogió una lima y dos o tres ganchos, apagó la humosa linterna y se aproximó a la escalera. Esto es de buen agüero pensaba. Conseguiré mi objeto. En un segundo llegó a la albardilla de la pared.. El cielo habíase despejado. A favor de un rayo de luna pudo ver EL COCHE NÚMERO 13 49 a sus pies un pequeño palomar en construcción, que se elevaba hasta la mitad del muro. ¡Bueno! exclamó el ladrón nocturno. Todo me favorece. No tengo que servirme de la escalera. Y deslizóse por el muro hasta llegar a la cubierta, dejándose caer desde su altura al patio. Escuchó un instante. Nada se oía. El negocio no podía presen- tarse en mejores condiciones. Faltaba únicamente poder verificar sin contratiempo la entrada por una puerta o por una ventana. En el entresuelo del hotel, junto a la bóveda que servía de en- trada a los coches, había una puerta y tres ventanas. No hay que pensar en la puerta dijo Juan Jueves, a menos que no la hayan dejado abierta desde ayer, y no es lo probable. Intentó, no obstante, abrirla, pero la puerta resistió. ¡Estaba seguro! Por fortuna tengo útiles y sé manejarlos: de todas maneras se necesita estar muy necesitado y una resolución heroica para penetrar solo en una casa donde hay cuatro mujeres. Una había nada más en Neuilly y me perdió. ¡Rayos y truenos! ¡Qué mujer aquélla! Las armas, el veneno, todo le era igual. Pero, ¿a qué recordar...? Cuando se puede coger un gato bien mantenido, no hay que dejar que- se escape aunque se arriesgue el pellejo... ¿Qué ventana elegiré? Cualquiera, la más cercana. Y se aproximó a una ventana cuyo cristal tocó con la uña. ¡Diantre! ¡doble cristal! La operación va a ser difícil. Juan Jueves sacó de su bolsillo el diamante de vidriero y una caja de hoja de lata que contenía una bola de pez del tamaño de un huevo. Calentó la bola con el aliento, la movió entre sus manos hasta que la pez se hizo maleable y adherente. Conseguido esto, apoyó el diamante sobre el cristal y procuró trazar una incisión circular del diámetro del fondo de un sombrero. El ladrón trabajaba como podía hacerlo un obrero a la luz del día. Hecha la incisión, cogió la bola de pez, la calentó nuevamente entre sus manos y la aplicó al centro del círculo que acababa de describir. . Persuadido de que la adherencia era suficiente, hizo fuerza sobre el cristal y poco después se sintió un ligero ruido seco, semejante al que produce el gatillo de una pistola al montar el arma. 50 XAVIER DE MONTEPIN Quedó separado un pedazo de cristal. Cogióle Juan Jueves, des- prendió la pez que había quedado adherida a él, la depositó en la caja de hoja de lata, y se dijo sonriendo con un legítimo orgullo y con la tranquilidad del que ha cumplido con su deber: ¡Bravo, muchacho! Esto es trabajar. Ahora sólo queda por hacer abrir la ventana. Introdujo su brazo por el agujero, dobló el codo, buscó, y en- contró el botón movible con que se substituye la falleba, lo puso en movimiento, y la ventana giró sobre sus goznes sin hacer ruido. Juan Jueves se puso a escuchar inmóvil y conteniendo la respira- ción, Nada se oía en la casa. Penetró y se dirigió hacia el interior. ¿Dónde me hallo? se preguntó el ladrón. ¡No veo gota! ¡Hay que andar con pies de plomo! |Si tropiezo con cualquier ob- jeto, estoy perdido! Al breve resplandor de un fósforo pudo mirar en torno suyo. Estaba en la cocina. Llamó desde luego.su atención un cande- lera que había encima de la chimenea. Lo cogió y encendió la vela que tenía. Ahora dijo Juan Jueves, mucha prudencia. La prudencia, en este momento, consistía para él en descalzarse. Se quitó los zapatos, los colocó cerca de la ventana y dijo: ¡Ya estoy listo! ¡Adelante y buena suerte! Con el candelero en la mano, se dirigió hacia la puerta de la cocina, la abrió, pasó por la repostería, abrió otra puerta, y entró en un comedor lujosamente amueblado. De seguro que hay plata en los armarios... pensó el mise- rable. En otras circunstancias me satisfaría con ella, pero hoy lo importante es coger los papeles Garat. ¿Dónde se hallarán?... Aquí... no; Cuatro-Hilos dijo que la dama había dejado el saco en una habitación del primer piso... ¿Por dónde diablos estará la escalera? Juan Jueves reconoció el sitio en donde se hallaba y vio tres puer- tas de dos hojas. Abrió una de ellas y entró en un espacioso ves- tíbulo, cerrado por vidrieras. En el fondo estaba la escalera, cuyo primer peldaño cubría un rico tapiz. ¡Allí está!... La ocasión es ésta. Y tomando gran número de precauciones comenzó a subir la escalera. En el descanso del primer piso vio muchas puertas. Juan Jueves se acercó a la más próxima, como había hecho en el piso EL COCHE NÚMERO 13 51 entresuelo. Ya se ocupaba en reconocer la cerradura, cuando se detuvo, tembloroso, para escuchar. Había creído percibir un ligero ruido en una de las habitaciones contiguas. El ladrón abrió el cuchillo y escuchó por algún tiempo, nada tranquilo. El ruido no se reprodujo. ¡Ha sido aprensión! se dijo el bandido, sujetando con los dientes el cuchillo y descorriendo el pestillo. La puerta giró sobre sus goznes y dejó paso al gabinete donde la señora Dick Thorn había puesto los retratos llegados de Lon- dres, el suyo y el de su esposo. Este gabinete precedía al tocador donde la señora Dick Thorn había guardado los papeles pertenecientes a su familia y los paque- tes de billetes de Banco que representaban el resto de su fortuna. El tocador separaba el salón del dormitorio. La puerta de comunica- ción estaba cerrada. Tranquilo ante el silencio que reinaba a su alrededor, Juan Jueves, movido por un impulso de curiosidad, miró algunos mo- mentos con asombro la riqueza del mobiliario. ¡Diantre! exclamó guardando el cuchillo abierto en el bol- sillo. ¡Qué bien se tratan estos ricos! Si tropiezo con los picaros de Neuilly, ¡qué vida voy a darme! Adquiriré una casa como esta y la amueblaré con el mismo lujo. No han de faltarme tampoco cuadros y al expresar este deseo miraba alternativamente a los retratos de Dick Thorn y de su bella viuda. . Al fijar su vista en el de la última, retrocedió con horror y por poco deja caer el candelero que tenía en la mano. Aquella mujer, que en la penumbra parecía animarse y cuyas miradas se fijaban en él, tenía para Juan Jueves algo de fantástico y de sobrenatural. Estaba muy afectado: un sudor frío bañaba su frente. ¡Rayos y truenos! murmuró enjugándose la frente con el pañuelo. No hay duda. Estoy despierto... y no he bebido. [Yo conozco esta mujer!... Sí; es la misma que me puso en la mano un puñal y me dijo: ¡Mata! La misma que quiso matarme después. ¡Es la envenenadora de Neuilly! Aumentaba su agitación. Un temblor continuado agitaba Su cuerpo, y momento hubo en que pensó salir del hotel. Recobró a. poco la serenidad, aunque no el valor, y a favor de la luz con- templó otra vez el retrato. 5^XAVIER DE MONTEPIN XII ¡Sí, es ella! repitió; ¡no cabe dudat ¡Su misma palidez, sus mismos ojos negros! ¡su mirada penetrante! ¡sus labios .rojos su cabellera negra! ¡Diríase que se dispone a hablar! ¡Ah! ¿donde me hallo y de quién es esta casa? Cuatro-Hilos dijo que la señora Dick Thorn era, inglesa. ¡Este hombre, su esposo, no es el que vi en Nemlly... estoy seguro! ¿Quién era, pues, aquel hombre? Quizá el hermano del duque de La Tour Vandieu. ¡Qué confusión! ¿Me habrá conducido la casualidad a la casa de la envenenadora, tras de la cual ando hace veinte años? ¡No... no... imposible! La se- ñora Dick Thorn es, indudablemente, la inquilina de esta casa Estos cuadros existían en el hotel antes de alquilarlo la inglesa, y, por otra parte, hay parecidos extraordinarios y yo soy víctima en este instante de la ofuscación de una semejanza. ¡No obstante si fuera ella! ¡Oh! ¡si fuera ella! Lo averiguaré, y entonces... ]wan jueves hizo un gesto amenazador y prosiguió diciendo: ¡Oh, si fuera ella! No pagaría con la vida todo el daño que me ha hecho.. Matarla no sería vengarme, no. Necesito antes toda su fortuna, y después toda su sangre. Yo averiguaré si es ella, pero no tan pronto. Ahora procedamos con calma, y, ante todo, realicemos nuestro objeto. El ladrón continuó tranquilamente sus investigaciones y pronto adquinó la evidencia de que el gabinete no contenía mueble alguno propio -para depositar en él cantidades importantes. En esta convicción, ]uan Jueves se dirigió hacia la puerta que conducía al tocador, la abrió y la dejó entornada después de penetrar en la habitación. ^ [Ah! murmuró fijando su vista en el mueble que guardaba los billetes de Banco y los papeles de la señora Dick Thorn He aquí un mueble a propósito para joyero de una gran señora. El pajaro es hermoso; falta únicamente saber si canta, y ya es hora de averiguarlo. . Y examinó minuciosamente el mueble que había llamado su atención. ¡Mal negocio, una cerradura de doble seguridad! Mis útiles no sirven para el caso y no puedo tampoco intentar la fractura de EL COCHE NÚMERO 13 53 la madera. ¡Diantre! ¿habré hecho un viaje inútil? ¿Tendré que resignarme a sacar vacíos los bolsillos cuando n'o me separa de los billetes de Banco más que un espesor de tres o cuatro centímetros. Porque, positivamente, los billetes se hallan guardados aquí. ¿Cómo hacerme con ellos? El ladrón recorrió en toda su extensión el tocador, buscando un objeto cualquiera que facilitase sus intentos criminales. ' Un almohadón de terciopelo colocado sobre la alfombra le hizo tropezar. No llegó a caer, pero tiró al suelo un velador. ¡Animal! ¡bestia! Has hecho un ruido capaz de resucitar a .los muertos. Aún no había acabado de increparse mentalmente, cuando se oyó decir en la estancia inmediata: ¿Quién anda ahí? ¿Eres tú, Olivia? Uf... Esa voz debe ser la de la madre. Casi a la vez sintióse del otro lado de la puerta el ruido de pasos. . Juan Jueves apagó la luz. Se ocultó debajo de un sofá que estaba colocado cerca de él; contuvo la respiración y reprimió los latidos de su corazón. No había hecho más que ocultarse, cuando se abrió la puerta. La señora Dick Thorn penetró en la habitación envuelta en un largo peinador, y con su hermosa cabellera desprendida y cubrien- do sus espaldas. , Llevaba un hachón en la mano izquierda y armada su derecha de un pequeño revólver con caja de ébano. Reconoció con mucho cuidado el tocador, abrió la puerta entor- nada por Juan Jueves, y recorrió en todas direcciones el gabinete. Juraría haber oído un ruido extraño dijo casi en alta voz. Habrá sido algún mueble... Entró de nuevo en el tocador, se paró algunos momentos de- lante del mueble que guardaba sus fondos,-y entró en su dormito- rio cerrando tras sí la puerta. Juan Jueves observó por entre los cordones de seda del sofá el semblante de la hermosa viuda, y no perdió ni uno solo de sus movi- mientos. Estaba pálido como un muerto. Luego que hubo desaparecido la señora Dick Thorn, abandonó su escondite el ladrón, y arrastrándose sobre la alfombra con gran 54 XAVIER DE MONTEPIN precaución para evitar un nuevo tropiezo que le descubriera, llegó hasta la puerta del gabinete y se levantó para abrirla, porque Claudia la había cerrado. Ya en el gabinete, encendió la bujía, y después de dirigir la última mirada al retrato de mujer; descendió la escalera, pasó portel vestíbulo, comedor y repostería, y llegó a la cocina, donde había dejado sus zapatos, que se apresuró a calzarse. Hecho esto apagó la^luz, puso el candelero sobre la chimenea, ganó la ventana, que cerró pasando el brazo por el cristal roto, subió a la cubierta del palomar, escaló el muro, se dejó caer a tierra, puso la escalera en el sitio donde la había hallado, y hechas estas operaciones se sentó sobre una piedra, limpióse el sudor que bañaba su frente, y empezó su monólogo acostumbrado: iAh! exclamó, el retrato no mentía. Es ella, sí, la misma. El tiempo no ha dejado huellas en su semblante. Está tan hermosa como hace veinte años. La pistola de Neuilly ha sido substituida por el revólver. Hubiera podido herirla por la espalda y matarla sin que hubiera exhalado un ¡
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Replica relojes, también conocido como relojes knockoff, tienen toda la precisión y las funciones que usted desea sin el precio. Pocas personas pueden reconocer que no es una original. No se deben considerar simplemente como relojes falsos, pero debido al detalle ya la precisión, se deben clasificar como relojes de la reproducción de la alta calidad. Rolex, Omega, Breitling, IWC, Patek Philippe, Tag Heuer son la marca más popular de réplicas de relojes.

1. Enorme Colección - Ofrecemos una gran cantidad de relojes réplica exacta con un precio asequible. 2017-2018 Nueva colección.

2. Garantía de la Calidad - Fábrica directa, calidad y protección de la reputación. Todo hecho con el mismo material y diseño que el auténtico.

3. Devuelto Exchange - Paquete ilimitado devuelto / intercambio dentro de 30 días. Más de 1000 clientes satisfechos. ¡Sienta por favor libre de comprar!

4. Servicio de atención al Cliente - Respondemos todos los correos electrónicos en 24 horas y estamos en chat en vivo de lunes a sábado 9:00 - 18:00 hora de Hong Kong. Soporte multilingüe, persona de ventas profesional le ayudará a anwer todas sus preguntas.

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SKU: W29534

Marca: Omega

Modelo: Railmaster

Sexo: Hombre Tamaño

Movimiento: Asia Automático

Material de la caja: Acero inoxidable / oro blanco

Colores del dial: Negro

Colores de la correa: Blanco

Material de la correa: Acero inoxidable

Tamaño: Hombre Tamaño (39 mm)



Especificación:

Movimiento del reloj Movimiento automático de Asia de la calidad superior (joya 21)
Caja sólida de acero inoxidable 316
Correa Correa de acero inoxidable sólida 316
Cristal Cristal mineral de rascar la cara de cristal durable
Resistente al agua Resistente al agua
Atributos adicionales con la mano de segundos de barrido suave
Material de la caja Acero inoxidable / oro blanco

Envío gratis en todas las órdenes en todo el mundo.
Las fotos que ves son de hecho tomadas en el estudio de www.copiasrelojes.co , obtendrá exactamente lo que ves en nuestras fotos


Todos nuestros relojes que embalan con la caja original de la marca de fábrica libremente, usted no necesitarán pagar ningunos honorarios del embalaje.

www.copiasrelojes.co se centran en la oferta de relojes de alta calidad réplica con precio asequible. Incluyendo rolex submariner suizo réplica de relojes, imitación omega seamaster relojes profesionales, falso relojes Patek philippe Nautilus y mucho más.
Usted puede poseer una marca de fábrica famosa y de lujo evern bajo €200. Nuestros relojes de imitación le hará brillar y deslumbrante. Vamos, vale la pena!
http://www.copiasrelojes.co/help/Replica-Watches-FAQ.html



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comentarios de los clientes :

revisión por Michael Hohenbild

Reino de España, Malgrat de Mar
Comprador Verificado
2017-03-17
Es un bonito reloj que mira. debe tener una mejor banda en él.
revisión por Richard Prekaiski

Peru, Lima
Comprador Verificado
2017-03-11
este es el tercer reloj de las señoras Omega 2293.50 que he comprado para los regalos. precio.
revisión por Buckles Kitzrow

Nicaragua, Managua
Comprador Verificado
2016-03-09
Me encantó esta pieza, gran ajuste. está bien tener una pieza para más desgaste diario que se ajuste bien y no revierte de todos modos por menos $$$.
revisión por vu tran ss

Reino de España, Lekeitio
Comprador Verificado
2016-02-18
La réplica reloj Omega es impresionante! mucho ella pedimos demasiado! y lo usan todos los días!

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